
MANO DE SEDA
Soy un libro, metido en un cajón de muerto, en la feria del libro usado. Espero a un alma piadosa que me saque de este encierro. Nadie siquiera intenta mirarme a pesar que los pasillo están llenos de gente. De súbito, una mano de seda me coge y no va a la caja, si no que sus zapatillas silenciosas se internan en la oscuridad de otros lugares.
Ifigenio (no encontré otro nombre para un ladrón de libros) - le digo - salgamos a la calle, ese río maravilloso que es la libertad.
No me hace caso, escucho el ritmo acelerado de su corazón y se rasca la barba, pensativo. Emprende su caminata hacia la puerta de salida. Sigilosamente se acerca sin titubeos lleno de esperanza. Al pasar, alguien quiere detener a Ifigenio, pero éste se escurre como un pez en ese río maravilloso.
Entre gritos, golpes, carreras precipitadas, alarmas, soy sacado bruscamente y llevado a mi cajón de muerto.
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LA CASA DE MADERA
Tenía todavía el olor a los bosques. Cada ventana era un clamor para distanciados horizontes. Nadie la habitaba. No había llegado el llanto; ni el rubor de la risa. En su silencio, guardaba la fragancia de las flores, el perfil de los cerros y la sonrisa del agua, para quienes hagan su isla en esta casa. Está esperando y yo quiero habitarla.
Cuando el viento abrió una puerta, entré sigilosamente y vagué por sus rincones. Cada paso era un avanzar en el misterio y temía encontrar un rostro, a alguien que me hubiera antecedido y despedazado mis sueños. La poblé con mi pasado, la llené con mis recuerdos y pronto, de su chimenea, me pareció ver la lumbre del hogar que nunca tuve. Tras los vidrios, el paisaje me saludó con su primavera; escuché el canto de la brisa y un viajero se despidió con un adiós de su mano en alto. Contemplé el cielo tan azul como lejano y espere a la tarde con su vino de púrpura encima de la montaña. Levanté el vaso de mi dicha y fue emergiendo de la sombra, de cada recoveco, a través de los cristales de la arboleda adormecida.
Salí, con el mismo cuidado y empecé a caminar con el morral al hombro. A la distancia, levanté mi diestra para saludar si alguien me miraba por la ventana.
Le respondí amigablemente…
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CUENTO ORALEl concurso consistía en relatar al público, numeroso y espectante, un cuento corto, con verdadero contenido. Mientras más reducido, mayor es la posibilidad al premio.
Los cuentistas eran numerosos y los relatos bien podrían guardarse en un dedal.
Unos de los participantes, ante el asombro de los oyentes, dice simplemente - Dios - con todo el universo que el nombre entraña.
Sin duda era ya el premiado.
Hubo otra pequeñisima historia hasta que subí al escenario.
Hago la venia de rutina y, lleno de terror ante el auditorio, no me sale palabra: transpiro, tiemblo de miedo y los ojos se humedecen en llanto.
Al fin, repito el saludo y desaparezco.
El jurado me asignó el primer lugar: había sido el cuento más corto del mundo; sin palabras y profundo como el silencio.
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EL ESPANTAPÁJAROS
En el campo verde, florecido en frutos, mi figura carcomida por el tiempo se desdibuja por la tarea realizada con esmero.
Ya no tengo la prestancia de mi juventud, la de un borracho violento, aguerrido, cuchillo al cinto, con el rostro pintarrajeado en mueca horrible que ahuyentaba hasta las moscas.
Ahora, viejo, carcomido por la polilla que, con la primera lluvia, me transformará en estropajo.
El soporte, que me sostiene, será una cruz en señal de mi paso por la tierra.
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JOYERÍA
Todo es pedrería, transparencia
de aguas, ríos desprendidos desde
los anaqueles, soles que iluminan.
Estoy extasiado en la joyería,
pero sólo me gustaron las esmeraldas,
- fulgurantes, atrevidas -
de la hermosa vendedora.
- ¿ Cuánto valen las esmeraldas
de sus ojos ? -
consulté, titubeante.
Con una bella sonrisa, ella me
señaló dos argollas de matrimonio.
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Proyecto Pial 2008 IP Los Leones
Cuentos en Tarjeta de Visita, Escritor Sergio Bueno
Taller de Gráfica Publicitaria
J.Ignacio Carrasco
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